El drama de la diáspora venezolana en el teatro

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Por: Lorena Jaimes

Elvira es ya una mujer mayor. En 65 años de vida se enamoró de un hombre y construyó su vida junto a él y sus dos hijas –Candela y Carolina– en Caracas. Sin embargo, la crisis social, política y económica del país, la han hecho replantearse su plan de vida porque su ciudad ya no es el mismo lugar donde construyó tantos recuerdos.

Su casa hereda las ideas turbias de su mente. Las cajas cubrieron las paredes que alguna vez albergaron pinturas y otras decoraciones. Algunos recuerdos ya están guardados; otros serán ofrecidos en una venta de garaje y los que queden, se irán en la maleta con Elvira rumbo a Miami. Cuando parece haberlo decidido todo, se arrepiente y las ideas vuelven a danzar en torno a una misma pregunta: ¿me voy o me quedo?

A petición del público, la pieza Ni que nos vayamos nos podemos ir de Lupe Gehrenbeck regresa a la sala La Viga del CCCH-Centro Cultural Chacao a propósito de su quinta temporada. Así, el público podrá disfrutar de las actuaciones de Caridad Canelón (Elvira), Nattalie Cortez (Candelaria), Verónica Arellano (Alberta) y Gladys Seco (Carolina), bajo la dirección de Oswaldo Maccio.

Sobre su personaje, Canelón ha dicho: “Elvira tiene a su familia dividida, en constante enfrentamiento y anda por la vida como perdida, como desvariando. Yo siento que Venezuela está así, al final, el personaje lo dice: ‘El país soy yo’”.

La obra de Gehrenbeck narra la historia de una mujer sexagenaria que es forzada a emigrar y se aferra a sus pertenencias que más que recuerdos, son parte de su identidad. En el texto abundan diálogos inteligentes con el tono de una típica madre venezolana, de una elocuente señora de servicio y de dos hijas que no solo se enfrentan a una relación de hermanas, sino que también defienden su posición política con argumentos sólidos.

Las historias de estos personajes se conectan a través de un cuento infantil que versa sobre Manuelito, el niño pescador que le tiene miedo al mar. Así, la obra se aleja de los chistes burdos y no juzga a sus personajes, sino que intenta comprenderlos

Canelón afirma: “Aquí no se habla mal del país. Candela hace una crítica respetuosa a la oposición y Carolina igual. Ella está afuera pero no se ha podido ir porque sus raíces, sus afectos, lo que construyeron, se quedó aquí. Con este texto yo me he reconciliado con la esencia de mi país. Y creo que eso mismo le está pasando a la gente que va a ver la obra”.

La dramaturga y actriz, Lupe Gherenbeck estuvo nominada como Mejor Dramaturga al Premio Isaac Chocrón (2015) y al de la Asociación Venezolana de Críticos de Teatro (2016) por esta pieza. Durante su carrera se ha destacado escribiendo las obras Las niñas de Santa Fe, Nos vamos o nos quedamos, De Miracielos a Hospital, Matarile, Bolívar coronado, Cruz de mayo, Gregor Mac Gregor. El rey de los Mosquitos y Bolero, entre otras.

Ni que nos vayamos nos podemos ir es una obra que incomoda, duele y proyecta una realidad cotidiana. La pieza no es una denuncia al país sino un intento de reconciliarse con este. Cómo dice el texto: “Para los venezolanos, el país no está ni al sur ni al norte, queda en el corazón”.

 

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