Una extraña sustancia se ha coagulado en el laboratorio (*)

15-11-11 Post Preterito

Por Xiomara Jiménez, para el www.elestilete.com

Diciembre 14, 2015

Nela Ochoa ha elegido un “lugar incómodo” para situar el arte, lo cual se evidencia en su reciente muestra Post-pretérito, donde los objetos creados ‒resinas membranas, artilugios embrionarios‒ convocan a una danza biológica, a un decir de lo humano, entre manipulaciones científicas y el “bulto amorfo” como sugerencia de la perversión totalitaria.

En estos días recordaba algunas secuencias cinematográficas, donde un sabio cazador escruta los signos de un paisaje descompuesto por el paso de algún animal: ramas trozadas, un pajonal revuelto, cierto aroma venteado a lo lejos. La película era Derzu Uzala, realizada por Akira Kurosawa. Después de verla, con el tiempo, acabé convencida de que un cazador es básicamente alguien que interroga el espacio en pos de una presa.

Sobre el arte y la creación artística me gusta especialmente todo lo que las obras traen consigo; menos certezas, más preguntas y más zonas por esclarecer.

Resulta inquietante el lugar incómodo elegido por Nela Ochoa para situar al arte, no sólo por la “rara” naturaleza de los objetos creados y reunidos en la reciente muestra llamada Post-pretérito (actualmente en exhibición hasta enero de 2016, en La Caja del Centro Cultural Chacao), sino porque, con la suma de investigaciones desarrolladas sobre el genoma humano, uno termina preguntándose si acaso la artista trastocó el apelativo del taller artístico, por el de un laboratorio para experimentos científicos. Y, precisamente en este punto, aparece una de las primeras señales que me anima a pensar sobre el complejo repertorio conformado por pequeños platillos, recipientes y diversos envases preparados con lo que parecieran ser restos membranosos o sustancias orgánicas de apariencia gelatinosa, empleados para representar distintos artilugios embrionarios, encapsulados por el efecto vítreo que genera la resina coagulada.

Pero este argumento especifico, quiero decir, el de sus indagaciones por el mundo genético y el surgimiento de la vida, no viene dado por otra cosa que la duda eterna acerca del cuerpo, por lo humano, la gran y casi única interrogante que hasta los momentos se ha planteado como leitmotiv de sus creaciones. Las obras representadas en esta última serie sugieren un pasaje por un espectro temático suspendido entre varios puntos: biología, humanismo, biopolítica, bioética. Y el arte en el sustrato, anudando varias disertaciones y vislumbrando un sinfín de dilemas.

Si no recuerdo mal, el inicio de estas exploraciones fue un trabajo muy personal e íntimo, una serie que ventanas2-22podría resumir como alegorías referidas a una especie de danza biológica con todo tipo de sustancias microorgánicas, alelos y cromosomas, que crean, en una cadena de misteriosas composiciones, al cuerpo humano. Vienen a colación conocidas imágenes en formación: rasgos, piel, órganos, esculcados hasta lo último con todo tipo de instrumentaciones médicas para diagnosticar: placas de rayos x, tomografías y otros registros concernientes a la imagenología. Así, emergen las metáforas estéticas sobre patrones genéticos que dan forma a las mamas femeninas. Nuevamente, el cuerpo sondeado hasta su raíz más profunda. Me aventuraría a decir que la artista buscaba algo del origen de esas mamas genéricas tan definitorias, redescubiertas en la hipertrofia de células que las mutilan y destruyen.

Vale la pena citar algunos precedentes artísticos que se encuentran en esta tradición; creadores, que, tal como Nela Ochoa, fueron cautivados por elementos formales cuya procedencia era inicialmente científica. Recordemos pues, las imágenes fractales pertenecientes a Pedro Morales, o las de la española Paloma Navares con sus instalaciones venusinas encapsuladas, o sus tubos y bidones conteniendo órganos y bebés hibernando en el interior, ambientes iluminados que insinúan una atmósfera entre quirúrgica y científica. Incluso, las imágenes valoradas en su dimensión estética, que la periodista Margarita D´Amico reseñó sobre el universo de los polímeros, tendrían cabida en este ámbito de intereses. Asimismo, reconociendo una tradición histórica, estarían las obras que la propia Nela señala como creaciones más cercanas a su experiencia personal, tales como las piezas del video-artista surcoreano, Nam June Paik; o las pinturas, que por momentos bordean la ciencia ficción, de la mexicana Remedios Varos, conjuntamente con la mágica colección creada por Mario Abreu, entre otros artistas.

Seguidamente, repasando proyectos al azar, otra inquietud, otras búsquedas solicitan un detenimiento sobre los misterios que hacen de las flores un algo con belleza propia, enigmáticos colores, gamas o juegos aleatorios que dan paso a increíbles especies, criaturas, diría, prueba indiscutible de que existe la belleza per-sé; en una época, conocí a un jardinero que, impedido por un glaucoma agudo, −patología por lo general hereditaria− se inclinaba a diario sobre las flores de un jardín que había cultivado por toda una vida, y que ahora ya no podía ver; entonces solía imaginar la vivacidad de sus matices, por la robustez, mientras el marchitamiento de aquellos brotes le anunciaba tonos mustios, y la muerte palpada con sus manos.

Creo que con cada ejecución, Nela Ochoa se propone nadar más profundo, desde sus primeras indagaciones −videos, performances, acciones efímeras− sobre el gesto, el cuerpo y la danza, se preparaba para escudriñar otros problemas, como si debajo de la piel, o del movimiento grácil, torpe o emotivo de aquellos trabajos coreográficos iniciales, un poco más imperceptibles, se asomaran nuevos movimientos; era el reducto de lo genético, lo celular, la vida embrionaria.

Esta última muestra −que se presenta como retrospectiva− es, en cierta manera, el resultado de transitar por ventanas2-23las orillas, en un laboratorio de combinatorias, donde las manipulaciones científicas nos hacen pasar del asombro por sus avances, a la indignación por la frialdad con la que se encaran. Las obras consiguen fraguar la incertidumbre por otras células, las de la violencia que nos golpea como una masa anómala, como si un gen imprevisto alterara toda carga de posibilidades benignas. ¿Se habrá originado acaso alguna mutación incontrolable que entraña vileza y malignidad? Desde el volumen de látex que pende en el espacio expositivo, a la burbuja que yace en el fondo del recipiente con células germinadas con armas y cuchillos punzantes, la artista nos inquieta y nos deja perplejos. El bulto amorfo, el gran cerebro, la materia gris inerte deja en el aire la interrogante sobre la posibilidad de un gen violento y totalitario, como si en ello interviniera una fuerza mayor a la del orden cultural o social, digamos.

Lo humano sigue siendo, pues, lo que sostiene toda esta obra, lo humano con sus amplios espacios de imprecisión, con sus bondades, perversiones y miserias.

(*) Nela Ochoa y sus reflexiones sobre lo humano

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