Elisa Lerner: “Un país que silencia a sus más admirables escritores se silencia a sí mismo”

Elisa Lerner
 (n. en 1932 ) es una dramaturga , ensayista  y humoristavenezolana 
Carrera 
Desde muy pequeña sintió que su vocación era la de ser escritora, cuando recibió un regalo de su padre a los 11 años:
A esa edad mi padre me regaló unos zapatos muy lindos, abiertos en la punta y adornados con una trenza que remataba en un lazo. Me pareció que aquéllos eran zapatos de escritora y así se lo dije a mi padre: «Papá», le dije, «estos son zapatos de escritora. Ya estoy armada para ser una escritora». Y a él le pareció muy bien. Poco después me compraron papel, muchas plumas y una máquina de escribir. En mi infancia escribí tres poemas con un tema muy doloroso: mi mamá se enfermó gravemente cuando dejó de recibir noticias de Europa. A los dieciséis escribí un libro de relatos que titulé La ciudad del lucro y que luego extravié no sé si en una mudanza o en un interrogatorio de la Seguridad Nacional.[1] 
Escribió textos humorísticos en la revista "El sádico ilustrado".
Obras 
En el vasto silencio de Manhattan

Elisa Lerner (1932), narradora, dramaturga y cronista carabobeña, ganadora del Premio Nacional de Literatura en 1999, fue homenajeada en el más reciente Festival de la Lectura de Chacao y en el discurso inaugural tocó interesantes aspectos que quedan para la reflexión. Acá una transcripción de sus palabras.

“En el marco de esta ya tradicional y prestigiosa Feria del Libro de Chacao me ha tocado el honor de ser elegida como el escritor, en este caso escritora, homenajeada. Esto no sólo se agradece, sino sorprende y contenta por lo desusado. Los escritores no están muy acostumbrados a homenajes o reconocimientos. Al contrario, casi siempre, han sido inquilinos provisorios del país. Nada extraño que así suceda o haya sucedido. Las borrascas de la Historia siempre quisieron asestarle un dardo fulminante a lo que fue lucha y afirmación civil; decorosa paciencia donde atesorar un futuro en el que cupiéramos todos en el espejo sin romperlo.

La más bella página literaria, en definitiva, es esclarecimiento civil. Estupendos escritores de mi generación y otros de períodos anteriores rindieron su vida en medio de la mayor displicencia. Se suele escribir desde un coraje de soledad. No a la búsqueda de brillos para un abecedario pasajero. La lentejuela suele ser anecdótica. Un país es su varia gente, los pájaros –trabajadores incansables que vuelan entre cielo y tierra– y los árboles de las plazas saludando como pañuelos verdes cuando algún airecillo mueve la fronda. Pero, de igual manera, el país es la batalla de la tinta silenciosa del escritor donde, también, le va la sangre.

Al parecer, he sido más afortunada. Acepto este inesperado homenaje con afabilidad de corazón en nombre mío y, también, me atrevo a decirlo, vicariamente, por otros escritores que murieron a última hora olvidados en un país de desconsuelo. Mal asunto. Un país que silencia a sus más admirables escritores se silencia a sí mismo. Pero, algo hemos aprendido estos últimos años en que, por momentos, la espléndida luz del trópico venezolano no parecía llegar a nuestros corazones. Llevaban razón nuestras viejas maestras de la escuelita primaria exigiéndonos planas tan rigurosas como era su moral. “La letra con sangre entra”. Con la sangre de la experiencia –que es la más sabia de todas– hemos aprendido que no hay libertad y democracia verdaderas si, a la par, no se incentiva una ciudadanía cultural. Desde la nada, desde el desierto, al unísono, de jóvenes y valientes editores y libreros del entusiasmo han surgido afanosas Ferias del Libro como las de las Universidades de Carabobo, Margarita, Mérida y esta, ya con sello propio, de la de la Alcaldía de Chacao.

Este homenaje es especialmente significativo para servidora. No sólo porque soy vecina, se dice pronto, desde hace veintidós años y medio de Los Palos Grandes. Sino porque, durante mi pequeña infancia, precisamente, ir a Los Palos Grandes constituyó el viaje más remoto que llegué a hacer. Desde una larga calle del corazón del centro de la ciudad, con toda prosopopeya, mi padre alquilaba un taxi que nos condujera a un lugar considerado distante. Entonces, como ahora, el Club Catalán, en la linde, coronaba la urbanización. Honrar una boda judía celebrada con la orquesta de Luis Alfonzo Larraín, tan apegado a los ritos y ritmos de Benny Goodman, era una dicha. Poco menos que instalarme dentro de una película musical. Contemplar a Elisa Soteldo –eso, sí, apenas con un pasable modelito de satén negro– era como estar próxima a una de las cantantes de los clubes nocturnos donde los actores de Hollywood derrochaban su felicidad.

Otro recuerdo de mi infancia fue la vez que pasé buena parte de un domingo en el Coney Island, asimismo, de Los Palos Grandes en la compañía de un tropel de niños rubios. Primos de Ben Ami Fihman vivían en las inmediaciones de nuestra casa del centro. Si hubiera sabido un pelín de astrología, hubiera dicho que hice un viaje anticipado y animadísimo a un planeta desconocido.

La parte final de mi adolescencia y de mi primerísima juventud están asociadas a un recuerdo de casas con porches de estilo vasco de Los Palos Grandes de los años cincuenta. Lo que siempre me encantó, a la entrada de las mansiones, era la hierba como arrancada de un parque londinense en saludo de bienvenida. Regalo de un suave terciopelo verde que la tierra entrega para atenuar el amargo tránsito del hombre en la tierra. Sólo una vez hubiera escogido el porche antes que otra cosa. Fue cuando fui a un encuentro con Beatriz Pérez Guerrero, amiga importante de mi hermana Ruth. Ambas, a la sazón, vivían en Ciudad de México. Pasaba unos días en Caracas y Ruth, quizá, consideró que una oportuna visita a Beatriz podría ser de mucho lustre para mi persona. Que me perdone su luz siempre perenne en mi sangre. Pero, es sabido que, a veces, la adolescencia es una tormenta a la que no le han de faltar meteorólogos juiciosos dispuestos a predecirle los buenos tiempos. Beatriz, gustosísima, se dio a la tarea. Con gentileza ejemplar estuvo paseando junto a la jovencita un par de horas por el inmenso jardín que rodeaba la casa. Debieron haber sido muy útiles los consejos ofrecidos. De ese momento sólo recuerdo una grata mujer rubia, su ilusionado estado de buena esperanza y la graciosa nariz respingada que, con amorosa exactitud, evoca Alejandro Rossi, primo suyo en la novela Edén, vida imaginada.  

Nuestros pasos por ese prado hogareño donde seguía tras Beatriz Pérez Guerrero se alejaron, cada vez más, del porche donde se escuchaba una animadísima charla. Los contertulios eran el poeta Juan Liscano y su esposa Fifa Soto. Cuando se es todavía demasiado joven se cree, a pie juntillas, que si se tiene acceso personal y muy próximo a un escritor de fama hay un filtro mágico que, de inmediato, te traspasa con su talento y su sabiduría. Pese a la amable hospitalidad de Beatriz Pérez Guerrero, después del encuentro, me fui frustradísima en la segura convicción de un precoz fracaso literario a cuestas. Era una boba, indigna de haber sido presentada a un entrañable poeta que, con generosidad, acogía tempranas vocaciones literarias. ¿Pero, cómo pudo pasar por la cabeza de la rubia dama que las peticiones silenciosas, en el corazón de la joven acompañante, iban encaminadas a las vivaces voces que tenían lugar en el porche, a la tertulia de un poeta que aún volátil siempre puede ser radiante?

No me di cuenta de que, de alguna manera, fui resarcida de un despecho primerizo cuando, hacia 1958, casi a rastras llevada por mi hermana fui a conocer en su casa de Altamira a don Rómulo Gallegos recién llegado de su exilio mexicano. Con esto rindo justísimo homenaje a nuestro primer ciudadano cultural y esclarecido vecino del municipio Chacao. Mi timidez me dejó ver poco. Había un barullo de gente en el balcón. Pero, aún con talante que quería ser amable, quizá lo era, don Rómulo Gallegos semejaba estar sólo como una torre en la oscuridad. Era un viudo en toda la regla. Viudo de su amada esposa Tiotiste y viudo de la traición del 24 de noviembre de 1948. Temo que nunca se recuperó. La sonrisa en don Rómulo Gallegos era una mariposa preciosa y no demasiada atareada. Desaparecía pronto del rostro.

En el inicio magnífico de esta Feria del Libro se hace ineludible nombrar otro ilustre vecino de este municipio. El notable poeta Eugenio Montejo, acaso, nos dejó demasiado pronto. Las desiguales calles de Los Palos Grandes, desiguales como el destino nacional, fueron recorridas por Eugenio con amorosa mirada. Porque todo conduce hacia la montaña espléndida. Hacia ese rezo unánime de belleza con que quisiera evocar, ante los queridos feriantes, al más grande escritor de nuestra lengua, don Miguel de Cervantes.  Ante la majestad de la escritura dejada en los dos tomos de Don Quijote de la Mancha, me atrevo a asegurar, los más completos diccionarios de la lengua castellana se ponen a temblar. La novela Don Quijote de la Mancha es el más fantasioso, cómico y, al unísono, sabio diccionario del idioma. Libérrimo diccionario del alma como ficción colosal que es.

Se dice que estamos conmemorando cuatrocientos años de la muerte de don Miguel de Cervantes. Muerte ficticia. En todo caso solo la del cuerpo del hombre que siempre está de paso. En cada lectura del Quijote un mismo lector encuentra un vasto y movible paisaje de aguas nuevas. Hasta muy entrado el siglo XX, la trama de las más calificadas novelas era como un castillo cerrado con un candado único. Rayuela, la novela de Julio Cortázar, pareció y lo fue, rompedora. Pero, ya en el suyo, Cervantes al colocar a su arbitrio en el primer tomo la historia de “El curioso impertinente” hizo añicos ese candado tan riguroso en las grandes novelas del siglo XIX.  No queda ahí la novedad y sorpresa que depara nuestra cercanía alQuijote. En los últimos años han estado muy en boga esa suerte de pseudónimos del propio yo narrativo que son los llamados heterónimos. ¿No lo viene acaso a encarnar en la novela el árabe Cide Hamete Benengeli, “su primer autor”, que según el juego de verbales simulaciones de Cervantes solo reserva para sí la traducción, anotaciones y algunos comentarios?

A partir de Borges (Enrique Vila-Matas, parece su discípulo más aventajado), la vanguardia privilegia al narrador cuyo tema son, en parte, los otros escritores. La cita literaria –no sabríamos llamarla de otra manera– se ha convertido en la metáfora a seguir. En el Quijote no se hacen alusiones con el exacto fervor gramatical de estos tiempos. Pero églogas, romances, comentarios sobre este u otro autor salpican las conversaciones del hidalgo andarín. Y, cuidado, sino parte del charlatán escudero el comentario oído acerca de que su amo y él ya están “impresos” en la grande historia del tal Cide Hamete. En suma, ellos, de por sí –gracias al genio de Cervantes– son la cita literaria más dinámica y anticipada. Erudición impresa para los apasionados lectores de hace cuatro siglos en un primer tomo. En paralelo mientras se escribe el segundo, personajes bendecidos por el seguro espejo de la edición, no cejan en sus avatares de caminantes.

Lo que, también, embelesa en Don Quijote de la Mancha, cuatro siglos atrás, es la varia cordialidad que destilan sus páginas. En un país que en pleno siglo xx pasó por una tremenda guerra civil, en una sociedad a la que le ha costado lo suyo ser más igualitaria y vivir en democracia sorprende la tolerancia, la gentil camaradería, la bella solidaridad con que conviven el hidalgo, algo loco, pero muy ilustrado y el escudero, anterior criado de labradores, que como muy bien asienta Vargas Llosa, termina hablando con mayor soltura y conocimiento al lado del que deviene en su maestro no obstante lo disparatado que por momentos pueda antojársenos. Además, el humor del caballero y la gracia del escudero posibilitan esa tolerante amistad entre Don Quijote y su escudero Sancho. El humor, la gracia vendrán a ser el agua benévola entre los guijarros de la andanza. Porque en don Miguel de Cervantes la ironía tiene mucho de humor clemente, de gracia consoladora para aproximarse al otro, para dibujar la índole plural, propio de su caballeroso protagonista.

El hidalgo pobre Alonso Quijano quiere imponer un sueño benéfico de justicia. Lo hace desde sus delirios de lector de libros de caballería. Los daños que ocasiona son pequeños y él siempre terminará por pagarlos de un modo o de otro. Sus sueños de desatino no los protagoniza el poder. Los de don Quijote transcurren desde el quebranto, desde la soledad.

Queda dicho, con la aparición de los dos tomos de Don Quijote de la Mancha, don Miguel de Cervantes solo ha muerto ficticiamente como a un cabal personaje de ficción conviene. A este hombre maravilloso de letras tan regocijadas e inteligentísimas le fue negada, una y otra vez, la oportunidad de un destino en las Américas. Siglos después, en su lugar, viajaron muchos ilustres republicanos a estas tierras. En alguno de ellos, el rostro oscurecido por la melancolía, la silueta afilada como un lápiz, miro el retrato más fidedigno del novelista. Finalmente, no importa. Nadie como él ha viajado y viaja por la mar océano de Colón. Nadie como él vive en la suprema felicidad de su novela genial en los países de América Latina. Cuando Alonso Quijano, quizá el mismo Miguel de Cervantes, a través de los secos caminos de La Mancha, topa con don Diego Manrique, en su sombrero de vistosas plumas admira una soñolienta guacamaya de América a la que aún no rozaba el futuro”.

Caracas, jueves 21 de abril de 2016.

Comments are closed.

Powered by tekkoa.com