“El Diario de un Loco” de Nikolai Gógol. Por María Fernanda Palacios

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El Diario de un Loco forma parte de las llamadas “Novelas Peterburguesas” que Gógol publica en 1835 junto con una serie de ensayos y artículos bajo el título de Arabescos. Ya la palabra “arabesco” nos sugiere trazos entrelazados, rúbricas caprichosas y “grotesquerías”. Con razón la censura zarista, desconcertada ante sus escritos, declaraba que no era posible saber cuál había sido la “intención” del autor. En efecto, parece que Gógol no escribía con intención alguna: no buscaba reseñar, ni educar, ni criticar.

En una carta a Pletniov de 1846, dice:

“Nunca aspiré a ser el eco de todo ni a reflejar la realidad tal cual es alrededor nuestro. Ni siquiera puedo hablar de algo que no toque de cerca mi propia alma”. Y lo que “tocaba su alma” tenía que ver con un mundo invisible a fuerza de ser insignificante y ordinario: “El mundo en que hoy estás moviéndote no está corrompido en sus raíces ni en su esencia, sino corrompido de depresión y hastío, morbosamente inerte y, por no tener nada que hacer, vacuo y estúpido”. (1)

De ese vacío y esa estupidez nace la fantasía o el disparate capaz de sacudirnos y conmovernos:

“Quiero retratar todas esas cosas que un ojo indiferente no observa, todo ese pantano terrible y estupendo de trivialidades en el que nuestras vidas se encuentran atascadas”. Porque lo usual consiste en inclinarnos sólo ante lo que reconocemos como valioso o “digno de interés”.

En todo caso, al pantano de la existencia nos aproximamos siempre con alguna idea bajo la manga o con un afán meramente pintoresco. Pero la grandeza de Gógol proviene de esa mirada interesada (“no indiferente”) que dirige hacia la estupidez. En esas “vidas atascadas” podemos reconocer la obsesión de Gógol, y en un verdadero escritor las obsesiones suelen convertirse en un tema. Mejor dicho: en los temas de un escritor está también su enfermedad: su locura.

En El Jinete de Bronce aparece por primera vez una figura que, con el tiempo, se convertirá en uno de los arquetipos del alma moderna: el pobre diablo, el funcionario. Después de él, Gógol, Dostoyevski, Chejov -para mencionar tan sólo a los más grandes- prolongan, ensanchan y ahondan en esa prodigiosa intuición mítica de Propirschin; El Diario de un Loco es parte de esa tradición.

En el Diario, Propirschin aparece como uno de esos personajes “sueltos”, sin raíces; un ser a medio camino entre lo “típico” y lo individualizado, sin destino y sin voluntad, que comienza a hacerse la ridícula pregunta por la identidad: “¿Por qué soy un consejero titular? Tal vez sea yo algún conde o general, y sólo parezca un consejero titular. Tal vez no sepa yo quién soy”. Mostrar, como lo hace Gógol, la correlación entre identidad y locura es entrar de lleno en el tema de nuestro tiempo; pero situar, además esa locura de la identidad (o esa identidad loca) en el arquetipo del “funcionario” implica un grado de conciencia mítica que muy pocos artistas alcanzan.

Una de las tantas cosas que la cultura moderna debe a los escritores rusos es el regreso a las fuentes básicas de la emoción: la comedia y la tragedia. De allí seguramente la fuerza dramática y las posibilidades escénicas de la literatura rusa. Y aunque suene paradójico –porque Gógol es ante todo un poderoso narrador– creo que buena parte de su grandeza y su singularidad provienen del haber concebido la narración como una actuación sostenida, como un rol, y un rol demoníaco: “diríase que algún demonio había cortado todo el mundo en una multitud de distintos pedazos y los había mezclado indiscriminadamente y sin ningún sentido”(2). Y el efecto de esa mezcla es irremediablemente cómico. Así, después de la luminosa tristeza de Puschkin, Gógol incorpora a la literatura rusa un acento más arcaico, una nota más estridente: la comedia. El propio Gógol lo afirma:

“Y aún me está destinado por un maravilloso poder, caminar durante mucho tiempo de la mano de mis extraños héroes, contemplar toda la grandiosidad de la vida, a través de la risa que ve el mundo y de las lágrimas que le son invisibles”.

Gógol se atiene al patrón antiguo de la comedia: mostrar el impulso de la naturaleza ordinaria (el demos) para disolverlo en una realidad fantástica. De allí que todos sus personajes tengan del “loco”, algo funambulesco, circense, algo impreciso y desconcertante, como si la historia en la que viven nunca fuera plenamente suya, como si el rol les quedara algo flojo, y deambularan por allí flotando dentro de esa anécdota fantástica que los envuelve, como flota la existencia de un payaso dentro de su máscara y sus gestos, como flota el funcionario dentro de sus funciones…

No está de más recordar que El Diario de un Loco es una narración en primera persona, que no pasa por la mediación de un narrador; es decir, no hay nadie quien observe o cuente lo que ocurre. Por lo tanto, abordarlo como una partitura teatral no le hace violencia al texto; al contrario, el teatro permite resaltar y ahondar en esa cualidad cómica y fantástica del arte de Gógol.

El Diario de un Loco, con montaje original de Eduardo Gil y con el primer actor Carlos Sánchez Torrealba como Aksenty Ivanovich Poprishchin, tuvo una temporada recientemente en la sala La Viga del CCCH y ahora se presenta en el Teatro Luis Peraza, de Los Chaguaramos, donde estará en escena hasta el domingo 28 de febrero, los sábados y domingos, a las 5:00 pm. La taquilla se destinará a la restauración de los espacios del Centro de Creación Artística TET. Texto tomado del portal Prodavinci.

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